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La “Casa Grande” del Barrio ANGLO

casa grande ANGLO

La denominada “Casa Grande”  es la mansión construida en 1868 por el Ing. Georg Giebert, primer Gerente del Saladero Liebig en Fray Bentos.

Ubicada en las cercanías de la fábrica, en un especial lugar que dominaba toda la llamada “ranchada” (barrio obrero), fue el sitio de vivienda de los sucesivos jerarcas del saladero.

La construcción data de 1868 y para 1873, cuando fallece Giebert, aparenta estar terminados los tres sectores principales : la casa residencial en sí, el sector de servidumbre y servicios y la “casa de visitas” donde se recibía a invitados especiales.

En 1903 se colocan rejas al frente y en la parte posterior se culmina con la diagramación de un jardín bellamente adornado, tipo “Versailles”, en tres niveles escalonados aprovechando la pendiente del terreno que buz hacia el rio Uruguay, cercano unos quinientos metros.

Frente a la mansión, se encontraban edificios de servicios accesorios como una casa de encargados, huerta, depósitos de leña, caballerizas, etc.

ESTA NOTA del historiador René Boretto puede acercar informaciones respecto a la casa.

UNA CASA GRANDE

Imponente sí, pero no “grande”.Quizá en comparación con las humildes viviendas de los obreros que formaban la “ranchada de la Liebig”, la señorial mansión que construyera el ingeniero Georg Giebert en 1868, resaltaba en la altura del terreno, tal cual una atalaya vigilando el crecimiento y el comportamiento del entorno fabril.

Planificada y construida, como todas las versiones de “company town” que los europeos acometían para dar solución habitacional a la plebe trabajadora alrededor de la fábrica, en una altura y dominando el mejor paisaje. Allí estaba este verdadero  referente del poderío de los dueños de la compañía.

Despegada totalmente del paisaje, en su época seguramente tenía a disposición, pocos cientos de metros hacia el oeste, una hermosa vista del río Uruguay, ya tranquilo y señero con su imponente dimensión de mar chico; ya tachonado y cubierto de manchas multicolores de los barquichuelos y embarcaciones de mayor tamaño que traían materias primas y se llevaban las producciones. También con una visión certera del movimiento de cabotaje producido porque el puerto de Gualeguaychú, enfrente, en la Argentina, no tenía profundidad ni capacidad en su puerto interior y quienes debían operar lo hacían desde el llamado embarcadero de las puntas de Fray Bentos.

Puntas que realmente imponían su respeto en la geografía. Grandes barrancas, altas e impactantes en el panorama del río. Especies raras del proceso milenario de la naturaleza que causaban la impresión de ser impávidos e impertérritos vigilantes; columnas de Hércules sudamericanas que ya desde lejos y viniendo embarcado desde el sur, indicaban el lugar exacto donde el río tenía diseñados y esperando ser usados, al menos tres puertos profundos.

“Un ejemplo del sistema patriarcal de la empresa organizada por alemanes”, seguramente pudiera escribir alguien que estudiase los antecedentes de esta presencia totalmente incompatible con los corrales hechos con palos a pique y con las casi míseras viviendas de techumbres bajas, en medio de las cuales se había construido, sin temer que a corta distancia los más modestos y brutos peones de la fábrica convivían en grandes construcciones comunitarias que llamaban “la pandilla”.

Desde aquí, impensable hubiera sido no escuchar el constante, continuo y majadero mugir de las vacas; algunas recién traídas del campo y otras, menos afortunadas, ya pasando a escasos cientos de metros con destino al momento de su resuello final.

Poco a poco, se habían definido totalmente los tres sectores con que contaba la casa grande. Un cronista visitante, nos facilita la tarea de describirla:  “Se compone de dos pisos, siendo el primero destinado únicamente al servicio; en éste se encuentra todo lo necesario, desde el cuarto para baños rusos o de vapor y calorífero para calentar las piezas superiores, hasta la máquina para hacer hielo; desde los más útiles y cómodos depósitos hasta la pieza destinada a un lavado de la ropa de casa y por medio de aguas corrientes, todo ello construido con arreglo con los sistemas más perfeccionados.

El piso superior, y puesto de un modo muy confortable y bien repartido tiene sus paredes interiores pintadas al óleo, al estilo pompeyano puro, y son de un lindo efecto y especialmente la sala central, que recibe la luz superiormente y cuya azotea está sostenida en parte por columnas de fundición bien modeladas; en un efecto magnífico.

Rodea a la casa un hermoso jardín de sistema inglés, sobre un terreno inclinado, lo cual contribuyó grandemente a aumentar su efecto, y allí no escasean las fuentes más graciosas y las plantas más raras de Australia y de Europa, que con tanto esmero se cultivan en las quintas de los alrededores de Montevideo.

Poseía además la casa una gran huerta y jardín frutal para el uso de la familia del administrador, y todo se haya cuidado con grandísimo esmero.”

Así, podría imaginarse a este sitio, el ideal, sino el único, para que las personas de cierta jerarquía relacionadas al saladero, pudiesen tener remembranzas de los lujos que debieron dejar en Europa o, más probable, demostrar aquí la vida que se daban el lujo de tener por sus encumbradas posiciones.

En otro sector, la “casa de visitas” deparaba el sitio acorde para dar alojamiento privado a visitantes importantes. Allí estuvieron, especialmente agasajados, viajeros trashumantes que inmortalizaron notas excepcionales por su belleza y atractivo, como Eugène de Robiano en su obra de 1878 “Dix-huit mois dans l’Amérique du sud: Le Brésil, l’Uruguay, la République Argentine, les Pampas et le voyage au Chili par la Cordillère des Andes”; el periodista y escritor Juan Ramón Gómez, quien ocupara la presidencia de la Asociación Rural del Uruguay en 1883 y el eximio periodista de “El Nacional” de Montevideo Eduardo Acevedo Díaz, en 1884.

Como la Casa Grande se había convertido en un referente social y político en la región, por la importancia del saladero, allí compartieron el mismo espacio los Consulados primos de Gran Bretaña y Alemania, por supuesto en la medida que no advinieran tiempos en que ambos pudieran separarse ideológica y políticamente. Un dormitorio -pequeño pero confortable- estaba siempre pronto para usar para las principales autoridades que pudiesen venir en algún momento.”

INFORMACIONES ACCESORIAS:

Léase: TESTIMONIOS ARQUEOLOGICOS DEL URUGUAY MODERNO –  LA CASA GRANDE DEL EX-FRIGORIFICO ANGLO - Lecturas de un emblema inmaculado. (AUTOR: Arq. Luis Vlaeminck-   Geometrales: Br Gustavo Caite -  Fotografía: Br Fernando França – Suplemento “Jardínes” de El País – Junio de 1998). Ver en página web: http://www.turismo-todo.com.ar/FRAYBENTOS/BarrioANGLO/jardincasagde.htm


UNA CASA GRANDE
Imponente sí, pero no “grande”.Quizá en comparación con las humildes viviendas de los obreros que formaban la “ranchada de la Liebig”, la señorial mansión que construyera el ingeniero Georg Giebert en 1868, resaltaba en la altura del terreno, tal cual una atalaya vigilando el crecimiento y el comportamiento del entorno fabril.
Planificada y construida, como todas las versiones de “company town” que los europeos acometían para dar solución habitacional a la plebe trabajadora alrededor de la fábrica, en una altura y dominando el mejor paisaje. Allí estaba este verdadero  referente del poderío de los dueños de la compañía.
Despegada totalmente del paisaje, en su época seguramente tenía a disposición, pocos cientos de metros hacia el oeste, una hermosa vista del río Uruguay, ya tranquilo y señero con su imponente dimensión de mar chico; ya tachonado y cubierto de manchas multicolores de los barquichuelos y embarcaciones de mayor tamaño que traían materias primas y se llevaban las producciones. También con una visión certera del movimiento de cabotaje producido porque el puerto de Gualeguaychú, enfrente, en la Argentina, no tenía profundidad ni capacidad en su puerto interior y quienes debían operar lo hacían desde el llamado embarcadero de las puntas de Fray Bentos.
Puntas que realmente imponían su respeto en la geografía. Grandes barrancas, altas e impactantes en el panorama del río. Especies raras del proceso milenario de la naturaleza que causaban la impresión de ser impávidos e impertérritos vigilantes; columnas de Hércules sudamericanas que ya desde lejos y viniendo embarcado desde el sur, indicaban el lugar exacto donde el río tenía diseñados y esperando ser usados, al menos tres puertos profundos.
“Un ejemplo del sistema patriarcal de la empresa organizada por alemanes”, seguramente pudiera escribir alguien que estudiase los antecedentes de esta presencia totalmente incompatible con los corrales hechos con palos a pique y con las casi míseras viviendas de techumbres bajas, en medio de las cuales se había construido, sin temer que a corta distancia los más modestos y brutos peones de la fábrica convivían en grandes construcciones comunitarias que llamaban “la pandilla”.
Desde aquí, impensable hubiera sido no escuchar el constante, continuo y majadero mugir de las vacas; algunas recién traídas del campo y otras, menos afortunadas, ya pasando a escasos cientos de metros con destino al momento de su resuello final.
Poco a poco, se habían definido totalmente los tres sectores con que contaba la casa grande. Un cronista visitante, nos facilita la tarea de describirla:  “Se compone de dos pisos, siendo el primero destinado únicamente al servicio; en éste se encuentra todo lo necesario, desde el cuarto para baños rusos o de vapor y calorífero para calentar las piezas superiores, hasta la máquina para hacer hielo; desde los más útiles y cómodos depósitos hasta la pieza destinada a un lavado de la ropa de casa y por medio de aguas corrientes, todo ello construido con arreglo con los sistemas más perfeccionados.
El piso superior, y puesto de un modo muy confortable y bien repartido tiene sus paredes interiores pintadas al óleo, al estilo pompeyano puro, y son de un lindo efecto y especialmente la sala central, que recibe la luz superiormente y cuya azotea está sostenida en parte por columnas de fundición bien modeladas; en un efecto magnífico.
Rodea a la casa un hermoso jardín de sistema inglés, sobre un terreno inclinado, lo cual contribuyó grandemente a aumentar su efecto, y allí no escasean las fuentes más graciosas y las plantas más raras de Australia y de Europa, que con tanto esmero se cultivan en las quintas de los alrededores de Montevideo.
Poseía además la casa una gran huerta y jardín frutal para el uso de la familia del administrador, y todo se haya cuidado con grandísimo esmero.”
Así, podría imaginarse a este sitio, el ideal, sino el único, para que las personas de cierta jerarquía relacionadas al saladero, pudiesen tener remembranzas de los lujos que debieron dejar en Europa o, más probable, demostrar aquí la vida que se daban el lujo de tener por sus encumbradas posiciones. Una “sala para fumar” espaciosa, demasiado grande quizá para que, en algunos de los pocos momentos de ocio el Gerente cargara su pipa de raíz de brezo con meticulosidad y paciencia que, para eso, se me antoja solamente se requiere ser inglés. El atacador es, para ellos, como un arma para un policía; siéntense indefensos, incompletos y perdidos si acaso lo olvidaran en alguna parte. Y, respecto a este adminículo, cabía esperar que, como muchos acostumbraban, el Gerente tuviese varios, porque para un gentleman, se suponía que no hubiera mejor obsequio y como todo el mundo pensaba así, las pipas y atacadores existían por doquier. Había tenido que optar por mostrarlas como si fuesen trofeos de caza de los que el dueño se acuerda – o inventa – cómo y cuando fue cazado, haciendo un monólogo con orgullo y satisfacción.
Allí, entonces, sobre la pared donde también estaban los cuadros de acuarelas de temas jocosos, remedando a los cazadores de zorras, se encontraba éste, lujosamente enmarcado, que contenía una muestra de distintos tipos de pipas que habían ido enriqueciendo la colección. Allí se enseñaban, majestuosamente sobre terciopelo rojo, las Apple, la Billiard, la Dublin, la Canadian, las Squat bulldog, las Bent bulldogs, la Full bent, las Lovat, la Lumberman, la Panel, la Peterson, la Pot, la Prince,  las Yacht, las ovales, y otros tipos, cada cual un referente para algún momento especial o para quien se la obsequiara. En el pipario, por otro lado -terror de las limpiadoras- tenía aquellas que habitualmente usaba, mientras las dejaba descansar entre fumadas. No obstante todo, no era fácil conseguir todos los tipos de tabacos que demostrasen claramente esa costumbre de hilvanar ideas y proyectos entre las volutas de humo blanco. Entonces, respetando que cada cual de las pipas estaba “hecha” para disfrutarla con determinando tipo de mezcla, había algunas que solamente esperaban que se les diera la oportunidad, cuando algún capitán de barco entre sus bitácoras, tuviera un ansiado obsequio de finas hebras de tabaco extranjero.
No obstante, en un porta pipas de marfil, sobre la estufa, estaban las preferidas. Dos Kriswill, una Peterson, una Comoy y tres Sasieni. Suficientes como para una larga charla de media hora mientras cargara pacientemente el tabaco en una de ellas, contando sus orígenes y sus historias.
Quienquiera que las hubiese visto, agregando el aroma pegado al ambiente aún con las ventanas abiertas, pudiera haber imaginado que el hombre era un empedernido fumador, aunque no lo era. Más bien, todo esto formaba el estatus de alguien que demostraba el poderío en nombre de tan famosa empresa.
También una sala para recepciones, con el panorama del río desde los ventanales cubiertos de alambrinas para evitar compartir las noches veraniegas con los molestos mosquitos, sería uno de los únicos en kilómetros a la redonda, como para que las mujeres lucieran sus vestidos vaporosos, ensanchados con las enaguas invisibles.
En otro sector, la “casa de visitas” deparaba el sitio acorde para dar alojamiento privado a visitantes importantes. Allí estuvieron, especialmente agasajados, viajeros trashumantes que inmortalizaron notas excepcionales por su belleza y atractivo, como Eugène de Robiano en su obra de 1878 “Dix-huit mois dans l’Amérique du sud: Le Brésil, l’Uruguay, la République Argentine, les Pampas et le voyage au Chili par la Cordillère des Andes”; el periodista y escritor Juan Ramón Gómez, quien ocupara la presidencia de la Asociación Rural del Uruguay en 1883 y el eximio periodista de “El Nacional” de Montevideo Eduardo Acevedo Díaz, en 1884.
Como la Casa Grande se había convertido en un referente social y político en la región, por la importancia del saladero, allí compartieron el mismo espacio los Consulados primos de Gran Bretaña y Alemania, por supuesto en la medida que no advinieran tiempos en que ambos pudieran separarse ideológica y políticamente. Un dormitorio -pequeño pero confortable- estaba siempre pronto para usar para las principales autoridades que pudiesen venir en algún momento.

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